Epistemowikia
Revista «Hiperenciclopédica» de Divulgación del Saber
Segunda Época, Año IX
Vol. 8, Núm. 1: de enero a marzo de 2014
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Cognitiva/Epistemología

De Epistemowikia

Introducción

Comenzaremos el tema definiendo la palabra epistemología. Etimológicamente, proviene del griego y está formada por las palabras episteme (conocimiento) y logia (estudio). Por tanto, la epistemología estudia la naturaleza y validez del conocimiento. También ha sido llamada teoría del conocimiento (usada y difundida por alemanes e italianos) o gnoseología (principalmente utilizada por los franceses). En las últimas décadas también es conocida como la filosofía de la ciencia, y es así como podemos encontrárnoslas en muchos artículos sobre el tema.

El problema fundamental que ocupa a la epistemología es el de la relación sujeto-objeto. En esta teoría se le llama 'sujeto' al ser cognoscente y 'objeto' a todo proceso o fenómeno sobre el cual el sujeto desarrolla su actividad cognitiva. De este modo, el problema se presenta en la relación de quien conoce y lo que es cognoscible. En esencia, se trata de la naturaleza, carácter y las propiedades específicas de la relación cognoscitiva, así como de las particularidades de los elementos que intervienen en esta relación.

La cognición, el acto de conocer, se define como mediante el conjunto de los procesos cognitivos, naturales y artificiales, observables. No se reduce al conocimiento, que se define como el resultado producido por un proceso cognitivo.

Naturalización de la epistemología

La epistemología tradicional presuponía que la tarea de comprender y analizar el conocimiento humano, en la medida que era una tarea filosófica, podía hacerse de un modo a priori, ya fuera mediante el análisis conceptual, lógico o trascendental; sin necesidad, por tanto, de recurrir a los resultados de la investigación empírica.

En 1969, en un trabajo del filósofo norteamericano Quine titulado “La naturalización de la epistemología�? se defiende la tesis de que este modo de proceder era erróneo debido al reconocimiento del fracaso de los intentos de construir un conocimiento seguro (lógicamente consistente) en base a enunciados observacionales. La ventaja epistémico del programa reduccionista se basa precisamente en la reducción de teorías a enunciados observacionales y su reconstrucción lógica. Sin embargo, la carga teórica de estos enunciados junto con la imposibilidad de una certeza en la inducción aniquila la ventaja epistémico de una reducción lógica que ya no es reducción. Por tanto, Quine defendía que la epistemología debía naturalizarse y para ello debía abandonar los procedimientos especulativos y a priori que la venían caracterizando y pasar a formar parte de las ciencias empíricas; en particular, según Quine, de la psicología.

El hilo argumental de Quine toma la siguiente forma:

  • Una afirmación sobre el mundo no siempre tiene un fundamento separable propio de consecuencias empíricas.
  • Por tanto no se puede esperar una reducción por traducción de enunciados a enunciados en forma lógico-matemática-observacional.
  • Esta imposibilidad disipa la ventaja que una reconstrucción racional tiene sobre la psicología.
  • Para llegar a la misma construcción final mejor la psicología que un constructor artificial.


Quine articula de este modo una transición del programa epistemológico tradicional a la psicología. La epistemología pasa a estudiar un fenómeno natural: el sujeto humano físico.

Esta propuesta de naturalización de la epistemología ha tenido un éxito creciente desde entonces y ha tomado diversas formas. Sin embargo, no todos sus defensores aceptan la disolución de la epistemología en una ciencia empírica, sea la psicología o cualquier otra. Para muchos, de lo que se trata es de propiciar un acercamiento entre la epistemología y las ciencias empíricas, de modo que la epistemología deje de ser una disciplina con pretensiones de fundamentación de la ciencia y pase a ser un campo en el que la investigación se produzca tomando como base los resultados de aquellas ciencias que, de un modo u otro, tienen algo que decir sobre el conocimiento. En todo caso, la corriente a favor de la naturalización de la epistemología ha tenido el efecto positivo de propiciar un intenso debate interdisciplinar en el que los filósofos y los científicos pertenecientes a distintas disciplinas han participado de manera fructífera.

Kim caracteriza la epistemología tradicional como una empresa normativa centrada en la justificación de creencias y en ajustar nuestro conocimiento a esa posible justificación. La empresa epistemológica es normativa por naturaleza ya que justificar es esencialmente normativo. Para Kim la propuesta de Quine va más alla de abandonar el programa de derivar con certidumbre el conocimiento de la observación.

Para Kim esta renuncia a la normatividad es una renuncia al conocimiento mismo ya que el conocimiento se define como creencia verdadera justificadamente sostenida. En efecto la descripción psicológica propuesta por Quine de cómo el sujeto epistémico produce enunciados acerca del mundo a partir de los datos de entrada a través de sus sentidos, es un proceso descriptivo de causas, que resulta ajeno a la existencia de un proceso evidencial, justificatorio, en esa relación de causas. En definitiva, para Kim, el proceso causal no puede ser un proceso justificativo, y una epistemología naturalizada deja de ser epistemología.

A partir de la década de los 80 –si bien las obras pioneras puedan datarse mucho antes–, este proceso de naturalización de la epistemología ha tomado dos orientaciones principales, en modo alguno excluyentes. Por un lado están los trabajos cuyo punto de partida han sido los avances recientes de la psicología cognitiva (estudios empíricos sobre razonamiento, percepción, clasificación, etc.) y de las restantes ciencias cognitivas, especialmente la Inteligencia Artificial. Ronald Giere, Alvin Goldman, Paul Thagard y Paul Churchland son algunos de los nombres más destacados en este ámbito. Por otro lado están los trabajos que recurren a la biología para indagar las bases evolutivas de las capacidades perceptivas y cognitivas humanas; y dado que es la teoría de la evolución la que suele utilizarse como recurso explicativo principal, este enfoque suele denominarse 'epistemología evolucionista'. La epistemología evolucionista parte del convencimiento de que estas capacidades cognitivas, e incluso muchas de sus estructuras concretas, son el producto de la selección natural. El propio Quine había sugerido que la teoría darvinista de la evolución era un elemento imprescindible para dar cuenta del carácter fiable de muchas de nuestras creencias.

La epistemología evolucionista ha abordado la tarea de naturalizar la normatividad misma (algo que salvaría, en cierto modo, el programa naturalista de Quine), implícita o explícitamente, y se ha convertido además, como hemos indicado anteriormente, en uno de los exponentes más importantes de la epistemología naturalizada.

Es habitual distinguir dos proyectos distintos, aunque a veces defendidos por los mismos autores, dentro de la epistemología evolucionista. El primero consistiría en utilizar la teoría de la evolución como una explicación aplicable analógicamente al cambio de teorías en la ciencia y, en general, al progreso de nuestros conocimientos. El cambio de teorías obedecería, según este enfoque, a un proceso de variación, selección y retención análogo en muchos puntos al cambio evolutivo en los seres vivos. Michael Bradie ha llamado a este enfoque, que todavía no es propiamente un enfoque naturalista, 'programa de la evolución de las teorías' o, en siglas, EET; y Michael Ruse lo denomina 'enfoque spenceriano'. Los representantes más conocidos serían Karl Popper, Donald Campbell, Konrad Lorenz, Stephen Toulmin, Nicholas Rescher y David Hull; y entre sus críticos están Michael Ruse, Richard Lewontin, Mario Bunge y Paul Thagard. El segundo, más propiamente naturalista, pretende comprender desde la aplicación literal de la teoría de la evolución las características de los mecanismos y capacidades cognitivas de los animales y del hombre. Bradie lo denomina 'programa de la evolución de los mecanismos cognitivos' o EEM, y para Ruse es el 'enfoque darvinista'. También se lo denomina en ocasiones 'bioepistemología'. Popper, Campbell, Lorenz y Hull, estarían de nuevo entre sus representantes más conocidos, a los que habría que añadir a Rupert Riedl, Michael Ruse y Gerhard Vollmer, entre otros.

¿Qué se puede decir desde la teoría de la evolución acerca de las capacidades cognitivas humanas? Evidentemente lo que se necesita ante todo es un extenso trabajo empírico que amplíe lo poco que sabemos aún acerca del modo en que evolucionaron nuestros sentidos, nuestro cerebro o nuestras estructuras cognitivas. ¿Cuál es la historia evolutiva de la mente humana? ¿Qué papel jugaron en dicha evolución los factores puramente biológicos (aumento del tamaño del cerebro, cambios en la estructura neuronal) y los factores culturales (lenguaje, uso de herramientas)? ¿Esta evolución fue una respuesta adaptativa al ambiente natural o al ambiente social? ¿Desde un punto de vista evolutivo, es mejor concebir la mente como una estructura modular, en la que cada módulo ha evolucionado independientemente y para propósitos específicos, o como un programa de propósito general? En otras palabras, ¿se parece la mente más a una navaja suiza o a un ordenador? ¿Cuáles son las diferencias más importantes entre la mente humana y las mentes de otros primates superiores? Responder a estas preguntas y a otras similares es la labor que han emprendido ya algunas disciplinas como la psicología evolucionista, la paleoantropología cognitiva y la neurobiología. No obstante, desde una perspectiva filosófica cabe ya replantear cuestiones tradicionales con la esperanza de encontrar nuevas respuestas a las mismas. Una de ellas, particularmente interesante, es si desde la suposición del carácter adaptativo de nuestras capacidades cognitivas, es posible inferir la fiabilidad general del conocimiento obtenido con ellas.

Si aceptamos estas tesis, su aplicación habría de extenderse a otras especies animales con capacidades cognitivas desarrolladas evolutivamente. Cabría defender que ciertos animales poseen representaciones mentales adecuadas de su entorno, aunque, al igual que las de los seres humanos, esto sea siempre dentro de unos límites impuestos por las características de sus sistemas sensoriales y neurológicos. Así, por ejemplo, un pollo puede reconocer objetos que están parcialmente ocultos, y hay fuertes indicios de que un chimpancé puede reconocer su imagen en un espejo. En tal sentido, se ha dicho que la epistemología evolucionista representa un giro copernicano en la epistemología, pues desplaza al hombre del centro del universo en lo que se refiere a su capacidad para obtener conocimiento del entorno. Puede que en el caso de los humanos sus recursos cognitivos estén más desarrollados o sean más complejos que en otras especies, pero no hacen del hombre un caso aparte. En esto, la epistemología evolucionista no hace más que profundizar el giro iniciado por Darwin.

Sin embargo, una cosa es mostrar que nuestras capacidades cognitivas existen porque aumentan nuestra eficacia biológica y otra muy distinta mostrar que aumentan nuestra eficacia biológica porque ofrecen un conocimiento que se corresponde con el modo en que la realidad es en sí misma. Cabe poner en tela de juicio que sea necesario postular un conocimiento de este tipo para explicar el valor adaptativo de nuestras capacidades cognitivas. En efecto, la utilidad de éstas para aumentar nuestra eficacia biológica es compatible con la posesión de representaciones ampliamente distorsionadas, y en ocasiones claramente erróneas, de la realidad.

La epistemología evolucionista sí parece suficiente para apoyar un realismo ontológico básico, es decir, para apoyar la tesis de que existe un mundo que, al menos en algunas de sus características, es independiente de cualquier acto de conocimiento. El realismo ontológico es la afirmación principal que hay detrás del realismo hipotético asumido desde bases evolucionistas por Konrad Lorenz (1973) y Donald Campbell (1974). La defensa del realismo ontológico vendría a decir más o menos lo siguiente: aceptar el hecho evolutivo de la adaptación, en este caso de la adaptación de nuestras capacidades cognitivas, exige reconocer un medio externo al que ha de adaptarse el organismo. El mundo no puede ser un producto de nuestras capacidades cognitivas puesto que éstas han surgido como resultado de una adaptación al mundo. Podría añadirse incluso que para que haya sido posible la evolución, ese mundo real e independiente ha de poseer un orden previo.

Campbell califica este realismo de hipotético porque la existencia de la realidad independiente se presupone, no se justifica. Simplemente sin ella carecería de sentido la mera posibilidad de la evolución biológica y de su estudio; no podríamos hablar, como de hecho hace el naturalista, de la relación entre las capacidades cognitivas de un animal y el medio ambiente que éste trata de conocer.

Aclaremos que el realismo ontológico sustentado en la epistemología evolucionista no tiene por qué identificarse –aunque algunos realistas lo hagan – con la postulación de una realidad nouménica y, por tanto, permanentemente inaccesible; ni tampoco con la postulación de un mundo pre-fabricado, como el que Putnam rechaza. Para la explicación evolucionista de nuestras capacidades cognitivas basta con la afirmación de que éstas son el producto de un mundo al que ellas mismas pertenecen y cuya existencia no puede obviamente depender de la existencia de tales capacidades. Pero esto no tiene por qué llevar a concebir nuestras capacidades cognitivas como algo meramente pasivo frente a un mundo exterior. La relación causal entre el mundo y la mente puede tener una doble dirección, tal como señala Putnam. Dicho de otro modo, no es necesario suponer que el mundo lleva las etiquetas puestas o que está compuesto por objetos autoidentificantes. Más bien hay razones para pensar que nuestros esquemas conceptuales –que son constructor humanos – tienen un papel crucial en la determinación de la estructura final de la realidad. La existencia independiente del mundo de la que habla el realista ontológico no exige también una independencia conceptual del mundo. En tal sentido, el realismo podría ser compatible con cierta relatividad de la estructura ontológica del mundo con respecto a nuestros sistemas conceptuales, sin caer por ello en el idealismo conceptual y sin renunciar al realismo epistemológico en el sentido en que lo hemos definido.

Habría que concluir entonces que la epistemología evolucionista apoya un realismo ontológico básico, aunque éste es poco interesante desde el punto de vista del debate actual acerca del realismo. Se trataría de una tesis aceptable para instrumentalistas, neopragmatistas moderados, realistas internos, empiristas constructivos, relativistas, e incluso idealistas trascendentales y constructivistas sociales. En suma, algo que con algún que otro matiz aclaratorio en lo que respecta al alcance del término 'independiente' es compatible con casi todas las formas recientes del antirrealismo.

Veamos para terminar las principales críticas realizadas contra la epistemología evolucionista:

a. No es propiamente epistemología, ya que tiene un carácter descriptivo y no normativo, es decir, no sirve para justificar nuestros conocimientos, ni para establecer criterios de acuerdo con los cuales poder juzgar si son o no correctos.

b. Se basa en un argumento circular, ya que para establecer la fiabilidad de nuestro conocimiento presupone que la ciencia, y en particular la teoría de la evolución, es fiable. Por tanto, no puede establecer legítimamente la fiabilidad de nuestros conocimientos ya que la da por sentada desde el principio, al menos en lo que a la ciencia se refiere.

c. No ha ofrecido hasta el momento resultados concretos, lo que la reduce a un nivel puramente programático.

En cuanto a la primera crítica, no tiene por qué aceptarse que la epistemología evolucionista, así como cualquier otra forma de epistemología naturalizada, no pueda servir como base para justificar la fiabilidad de ciertos procedimientos cognitivos o de ciertas creencias. Todo lo contrario, el carácter normativo de la epistemología debería aprovecharse en la actualidad de los conocimientos empíricos proporcionados por la ciencia. Debemos utilizar lo que sabemos empíricamente acerca de qué funciona mejor a la hora de obtener conocimientos fiables para proponer normas o criterios que favorezcan esas estrategias que han mostrado su funcionalidad. Cuanto mejores hipótesis científicas tengamos sobre el conocimiento, mejores normas epistémicas podremos obtener, ya que serán más eficientes para la consecución de los objetivos cognitivos pertinentes, y más realistas. Así, el estudio científico de las capacidades cognitivas humanas y del modo en que éstas actúan puede servir para formar una mejor imagen de qué debe considerarse un buen conocimiento y para sugerir, allá donde sea posible, cómo mejorar la obtención de los mismos. Dicho estudio permitiría, por ejemplo, no dar por buenas normas epistémicas que impliquen ir más allá de lo permitido por esas capacidades.

Pero esto lleva entonces a la segunda acusación: ¿cómo puede pretender evaluar la validez del conocimiento humano una disciplina que se basa en la ciencia y, por tanto, da por sentada dicha validez, al menos en lo que a la ciencia se refiere? Como respuesta a esta objeción, cabe en primer lugar negar la viabilidad de la posición fundacionalista desde la que se formula: no es posible acercarse al conocimiento desde cero, sin presuponer al menos la validez de ciertos conocimientos. O dicho de otra manera, es imposible encontrar una respuesta capaz de refutar por completo al escéptico. Por otra parte, puede argüirse que hay circularidad en la posición que venimos comentando, pero que ésta no viciosa. Habría circularidad viciosa si se pretendiera que el único fundamento para juzgar la validez de nuestro conocimiento proviene de los resultados que pueda proporcionar la ciencia, pero no la habría si lo único que se pretendiera fuera que dichos resultados pueden arrojar luz sobre los criterios en los que basamos nuestra evaluación de los conocimientos, aunque dichos criterios se aceptaran también por otras razones. Podría afirmarse incluso que la circularidad de la epistemología evolucionista es virtuosa, más que viciosa, ya que se trataría de un fructífero ciclo de feedback que daría lugar a una espiral de corrección mutua: la epistemología evolucionista nos ayudaría a mejorar nuestros conocimientos empíricos y éstos nos ayudarían a mejorar la epistemología.

Finalmente, en cuanto a la tercera crítica, puede responderse que, en efecto, como lo muestra su incapacidad actual para terciar significativamente en el debate sobre el realismo, la epistemología evolucionista tiene por el momento un carácter puramente programático. Sin embargo, no parece descabellado apostar por ella como un enfoque merecedor de atención y desarrollo, y ello por dos razones principales: 1) está basada en la mejor explicación que tenemos de cómo pueden surgir estructuras complejas (como la mente y las capacidades cognitivas) desde presupuestos puramente naturalistas; y 2) como señaló Kuhn, en un principio los méritos de un nuevo enfoque teórico se han de medir por la promesa de éxito más que por los resultados concretos obtenidos, y la epistemología evolucionista es muy prometedora en este sentido.


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