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Epistemowikia
Revista hiperenciclopédica libre y abierta
Tercera Época, Año XII
Vol. 11, Núm. 1: de enero a marzo de 2017
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Faetón

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2,8 Titius-Bode, un planeta perdido en el tiempo


Capítulo I: Reglas empíricas

Faetón, hijo de Helios y Clímene, al conocer tardíamente su filiación divina, solicitó prueba de que así era. Por ello solicitó conducir el carro del Sol. Pero el muchacho parecía no estar hecho para ello. Lo hizo de un modo tan desatinado que Zeus se vió obligado a intervenir, fulminando con un rayo al infortunado auriga. De no hacerlo, hubiese ocurrido una desgracia, ya que el Sol, conducido por Faetón, estaba ya tan cerca de la Tierra que la habría abrasado. Faetón cayó cerca de la desembocadura del río Erídano. Las Helíades, sus hermanas, lo lloran allí eternamente, transformadas en álamos.

Hasta aquí la leyenda de Faetón, hijo de Helios y Clímene.

Pero por este nombre también se conoce a un planeta perdido en el tiempo, un planeta que al colisionar o explosionar internamente, dio origen a esos planetícolas que llamamos asteroides, orbitantes entre Marte y Júpiter... Aunque todo esto no es más que una hipótesis.

En su mayoría los asteroides están concentrados en zonas determinadas formando «familias de asteroides». Ciertos astrónomos barajan igualmente la posibilidad de que en su día, estas familias pudieron pertenecer a otros tantos, o quizás menos, planetas distintos, los cuales, debido a mareas gravitacionales internas -o externas, y en este caso la mayor influencia provendría de Júpiter-, o incluso a choques directos, estallaron. No obstante, demostrar esta última hipótesis puede considerarse como caso particular de la existencia de un único planeta.

A lo largo de los siglos se han buscado con mucho ímpetu relaciones matemáticas que liguen las distancias de los planetas al Sol. Mediado el siglo XVIII, Wolf estableció una de estas relaciones, una progresión geométrica de razón 2. Pasados unos años, Titius insistió sobre el tema, obteniendo una regla algo más precisa, pero que no tuvo difusión hasta seis años más tarde, 1778, cuando Bode le dio tal publicidad que no sólo consiguió que se pensara un poco más en ella, sino también que se la recuerde por su nombre. Tal ley consiste en lo siguiente:

la ley de Wolf era: 0, 3, 6, 12, 24, 48, 96...

a cada uno de estos términos le sumamos 4 unidades: 4, 7, 10, 16, 28, 52, 100...

Tomando el número 10 como valor de la distancia de la Tierra al Sol, los demás números representan aproximadamente las distancias de los otros planetas a dicho astro. Se comprobó que las distancias reales eran: Mercurio, 0,39; Venus, 0,72; Marte: 1,5; Júpiter: 5,2; Saturno, 9,529. Aún a la vista de esto, la ley no tuvo mucha aceptación, debido principalmente a que predecía la existencia de un planeta en el lugar 28, y no había ninguno.

El descubrimiento de Urano, en 1781 por Heschell y el comparar su distancia al Sol (19,19) con lo que postulaba la ley de Bode (19,6) impulsó a varios astrónomos a la búsqueda del planeta desconocido. Se habían elaborado planes complejos de observaciones sistemáticas -por parte de un grupo de astrónomos alemanes-, cuando en la noche del 1 de enero de 1801, un astrónomo italiano, Giuseppe Piazzi, quizás de un modo fortuito, o quizás movido por su fe en la ley de Bode, descubrió el nuevo planeta. Lo llamó Ceres. Una vez estimado su tamaño, unos 780 km. de diámetro, algo que se asemejaba más a una gran roca que a un planeta, parecía que no podía ser el planeta mayor predicho por la ley de Bode. Sin embargo, ahí estaba.

Pero no iba a ser Ceres el único aspirante a Faetón. Un año después, Olbers, famoso también por la paradoja que planteó en 1826, descubrió Palas, casi a la misma distancia; en 1804, Handing halló Juno, y en 1807, Olbers, de nuevo, descubrió Vesta. En 1892 se conocían ya 318 asteroides.

A partir de entonces, el empleo de métodos fotográficos multiplicó el número de hallazgos. El promedio de las distancias de todos ellos al Sol era precisamente de 27 unidades. Ello llevó a Olbers a enunciar la hipótesis de que los asteroides «sean lo que queda de un planeta originariamente situado a la distancia de 28 unidades, de acuerdo con la ley de Bode; astro que se habría fragmentado bajo la acción perturbadora ejercida por el cercano y gigantesco Júpiter». Sin embargo, no deberíamos olvidar que la primera idea teórica de la existencia de un planeta entre Marte y Júpiter es de Kepler: «Inter Martem et Jovem interposui planetam» («Coloqué un planeta entre Marte y Júpiter»), dice en su Mysterium Cosmographicum.

[...]

Hace algunos años se habló de si caía mantequilla del espacio; los doctores Bartholomew Nagy, Douglas Hennesy y Warren Meinschein sometieron a análisis un fragmento del meteorito caído en Orgueil, el 14 de mayo de 1864. El 16 de marzo de 1961 se conoció el resultado: una proporción apreciable correspondía a compuestos orgánicos, y entre ellos abundaban los grupos carbonados impares, moléculas de 19, 21 y 25 átomos de carbono; los valores registrados en estos grupos son semejantes a los máximos observados en la mantequilla. Mencionemos también la existencia de compuestos de la «familia del colesterol» y de cierta hormona sexual.

Siguiendo el tema de partículas orgánicas en los meteoritos hay que decir que Claus y Nagy, en 1961, indicaron la presencia en los condritos que cayeron en Orgueil e Ivuna, de elementos organizados semejantes a las algas. Por otro lado, ciertos autores sostienen haber descubierto compuestos orgánicos semejantes a los nucleótidos en el condrito de Murray.

Los meteoritos, a pesar de la diferencia en su composición química, constituyen una «serie continua de términos con pesos intermedios entre los diferentes grupos», lo cual sugiere su origen de un único astro. Varios autores, considerando la serie en orden creciente de densidades (aerolitos, siderolitos y sideritos) y atendiendo también a la distribución de los minerales en el núcleo y las diferentes capas terrestres, establecen un paralelismo entre esa distribución y la del planeta que les dio origen. Así, los sideritos corresponderían al núcleo, los siderolitos al manto y los aerolitos a la litosfera.

Esto último proporciona una cierta base a la suposición de Charles-Noël Martin, quien dice que los condritos carbonosos provenían de los fondos marinos de Faetón; hipótesis que también se apoya en la composición de esos condritos. Antonio Ribera sostiene que la composición química de tales meteoritos parece indicar que su origen fue «un medio acuoso de baja temperatura, ligeramente alcalino y muy reductor, por analogía, un medio parecido se encuentra, en la Tierra, en el fondo de los lagos y del mar». En relación con esto, cabe decir que Boato, profesor en la Universidad de Chicago, demostró que la relación de isótopos de hidrógeno en los condritos carbonosos era absolutamente distinta de la correspondiente a las aguas terrestres, y que por tanto, el agua meteórica era de origen extraterrestre. Por otro lado, algunos condritos contienen minerales, como la dolomita, que en la Tierra indicarían un medio acuoso de baja temperatura.

De todo lo anterior hemos de resaltar las posibles pruebas en favor de la vida extraterrestre y el hecho de que los meteoritos provengan todos de un mismo planeta. ¿Por qué no Faetón? Los defensores de Faetón no pueden decir nada sobre la fecha de su posible estallido. Lo que sí es algo posible para ciertos astrónomos es que en Faetón hubo vida, y quizás una vida lo suficientemente desarrollada como para provocar su propia destrucción. Parece como si el progreso fuese la madre de la ignorancia. Charles-Noël Martin argumenta que posiblemente quede algo de esa vida en los asteroides; vida microorgánica. De todos es conocida la increible resistencia de los microorganismos terrestres a los cambios ambientales; quizás existan en asteroides grandes como Ceres, Palas, Vesta y Juno algunas «bolsas intactas», o sea, compactaciones que conserven las condiciones ambientales vigentes en el planeta antes de su destrucción.


Capítulo III: Cometas y polvillo cósmico

¿Y qué nos dicen los cometas sobre Faetón?

J. H. Oort, astrofísico holandés, propuso una teoría sobre el origen de los cometas, según la cual existe una nube de núcleos cometarios alrededor del Sol, nube que se extiende desde las 40.000 u.a. hasta las 150.000 u.a., conteniendo unos 200.000 millones de cometas, que dan como resultado una masa total pequeña, comprendida entre diez y cien veces la masa de la Tierra. Según tal teoría, todos los cometas pertenecieron en su origen al sistema solar, y por tanto, sus órbitas deberían ser elípticas. Algunos autores, se aferran al hecho de las órbitas parabólicas e hiperbólicas de ciertos cometas, como indicador del caos que supondría un origen cataclísmico, como el de la explosión de un planeta. En efecto, puede que así sea, pero no hay que olvidar las perturbaciones gravitatorias ejercidas sobre el cometa por el Sol y los planetas mayores, al acercarse dicho cuerpo celeste a las interioridades del Sistema solar (según Oort, los cometas se ven desplazados por las influencias gravitatorias de los planetas cercanos e incluso de algunas de las estrellas más próximas, y este desplazamiento se produce en dos sentidos, o bien hacia el Sol, o bien hacia el exterior del sistema solar, o sea, que en un principio, según Oort, el cometa seguiría una órbita elíptica, más tarde, debido a las perturbaciones se transformaría en una trayectoria abierta a la irregularidad. ¿Y dónde se formó la nube de cometas? Se cree que se originó en la misma región que los planetas actuales y que por razones aún desconocidas no se unieron a los planetas (que por aquél entonces estaban en formación), pero cuyas perturbaciones los han ido expulsando hasta las regiones más externas del sistema solar.

En definitiva, el origen de los cometas, al igual que el de los asteroides, pudo muy bien ser el mismo: Faetón. Contabilicemos: se supone, según Oort, que la masa total de la nube de cometas como máximo es cien veces la masa de la Tierra; por otro lado, la masa total de los asteroides se ha estimado del orden de una milésima de la masa de la Tierra; finalmente, la masa de Júpiter es 318,36 veces superior a la de la Tierra, la de Saturno 95,31, la de Urano 14,68, la de Neptuno 17,26. Así, muy bien pudo existir un planeta con una masa 100 veces la de la Tierra entre Marte y Júpiter. Se cree que el origen de la nube de cometas fueron condensaciones de materia, que no se unieron a los protoplanetas; pues bien, podemos repartir la masa total de la nube entre dichas condensaciones y Faetón, de forma que no viole ninguna ley física. Pero esté atento el lector, todo esto es simple imaginación, mera hipótesis, no una realidad.

Una posible prueba más para Faetón: los anillos de Saturno. Los astrónomos coinciden en que hay dos posibilidades, o bien son los fragmentos procedentes de la desintegración de un satélite de Saturno (¿por qué de un satélite y no de...?), o bien restos de la nebulosa que originó el sistema solar y que no alcanzaron la densidad suficiente para condensarse en un satélite. Hay un inconveniente aparentemente bastante grande a su procedencia faetoniana, la distancia (tampoco hay que olvidar al gigantesco Júpiter). Pero, ¿en qué posición estaban los planetas cuando estalló Faetón?

No hay que olvidar tampoco al polvo cósmico, las priedrecitas del sistema solar. Existe un fenómeno físico, llamado efecto Poynting-Robertson que en resumidas cuentas lo que afirma es que dependiendo de la distancia al Sol, de la densidad y de su diámetro, esas piedrecillas van a ver cambiada su trayectoria en una forma espiral que termina en el Sol, de tal modo que actualmente y debido a la edad del sistema solar, polvo, lo que se dice polvo cósmico, no debería quedar. Sin embargo, es un hecho que lo hay. Por otro lado, el efecto Poynting-Robertson es correcto, luego ¿a qué se debe esa aparente paradoja? Hay que buscar una fuente de polvo, pero ¿dónde? Los desechos de los cometas solucionarían parcialmente el problema, pero no de una forma radical. Los astrónomos han llegado a la conclusión que dicha fuente serían los asteroides. ¿Y éstos?, ¿de dónde surgieron? Todos los caminos llevan a Roma, y parece que todas las respuesta a Faetón.

Capítulo IV: Destrucción

En cuanto a la distribución de los planetas, contando ya con Faetón como tal, surge la hipótesis de que Júpiter en tiempos remotos fuese una estrella y por tanto el sistema solar un sistema binario como otros muchos que pululan por le universo. Júpiter podría haber sido una estrella satélite del Sol, llevando a su vez su corte planetícola. Una estrella un tanto peculiar, porque aunque factores como que emita más energía que la que reciba del Sol en cantidad considerable influyan en tal punto de vista, tiene lo que otras no tienen, una rapidez de rotación impresionante: tarda unas 10 horas en girar sobre su eje. De todos modos, fuese una estrella o falsa estrella, lo que parece ser que no cabe duda es que en tiempos remotos esto era un sistema binario, con un punto muy brillante y otro menos, y quizás cierto planeta, debido a su posición en el doble sistema, se vio obligado a estallar.

Pero, ¿cómo pudo estallar Faetón?

Un astrónomo francés, Goard, tiene una hipótesis: un cometa gigante se estrelló contra Faetón, que siendo demasiado frágil, «estalló en mil pedazos, hacia las órbitas que hoy ocupan los asteroides».

Pudo haber sido también un reajuste gravitacional en el binario Sol-Júpiter. Pudo... Fijémonos en la siguiente noticia (recogida por Marius Lleget en El enigma del quinto planeta): «Intenta probar la teoría de que la Tierra desaparecerá en una gran explosión. Washington.- El doctor Frederick Reines, de la Universidad de California, quiere probar la teoría que el año pasado valió el premio Nobel de Física a Sheldon Glasgow y Steven Weinberg, científicos de Harvard: que la Tierra desaparecerá algún día en una gran explosión.

Reines ha elegido una mina de sal abandonada, en Ohio (Estados Unidos). En ella excavará una cámara de 22 metros de altura, a unos 60 metros de profundidad, y vaciará 10.000 toneladas de agua pura, rodeada de 2.000 células fotoeléctricas. Si en cualquier momento, durante un año, se produce una chispa de luz que capten las células fotoeléctricas, quiere decir que la Tierra desaparecerá algún día en una gran explosión.

La teoría de Frederick Reines se basa en que el protón no tiene vida infinita, y cuando muere, decae en un electrón, menos poderoso, y libera una chispa de luz. Esta chispa multiplicada, provocará la explosión.»

Lo que ocurrió con el experimento se deja a la curiosidad del lector.

Y hasta aquí lo que no es leyenda, y quizás tampoco realidad, pero al menos sí pensamiento; pensamiento de unos que defienden un cierto grado de determinismo matemático en un trozo de ese infinito tan tranquilo pero en verdad tan inquieto como es el universo; pensamiento de otros, que van aún más allá, traspasan esos límites sumergiéndose en el firmamento, buscando entre planetas y estrellas restos de alguna antigua civilización, la cual tal vez sucumbió por error de sí misma, pero ¿acaso no será verdad que nuestra existencia se deba a corregir tal error? ¿Quizás le va a ser negada a la inteligencia la conquista del universo? ¿No se podría edificar la eternidad de una forma terrenal, la eternidad del hombre, de su concepto, surgiendo a cada momento de la realidad?

El problema de Faetón quizás sea simbólico de toda la humanidad. El hombre es tan curioso que a veces, aún viendo el fuego, se quema. La inteligencia debería habernos sido dada para resolver los problemas, no para plantearlos.



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